Los tejados canalizan nieve derretida hacia bajantes calefactados que previenen carámbanos. Decantadores retienen sedimentos, y cisternas soterradas, aisladas, guardan reservas para riego, limpieza y emergencias. Un sensor simple avisa niveles y heladas. Al compartir excedentes con la escuela del valle, niñas y niños descubren el ciclo local y escriben cuentos sobre nubes que regresan a casa.
Los humedales construidos convierten aguas grises en recurso claro mediante grava, raíces y microorganismos. En invierno, capas aislantes y flujos lentos mantienen actividad biológica. Los vecinos visitan, huelen la menta acuática y entienden que el saneamiento puede ser bello, didáctico y silencioso. El río baja más limpio, y la comunidad sube orgullosa, con botas secas y respeto.
Las cubiertas extensivas con sedum y flores alpinas absorben picos de lluvia, protegen impermeabilizaciones y ofrecen hábitat a insectos polinizadores. En verano, reducen calor; en invierno, aportan aislamiento. Desde una claraboya, observamos mariposas a dos mil metros y recordamos que cada metro recuperado multiplica vida, belleza y aprendizaje para visitantes curiosos, residentes nuevos y montañeros veteranos.