Harinas oscuras, mantequilla avellanada, queso que se estira, acelgas brillantes y patatas tiernas cuentan un valle entero en un solo plato. La polenta taragna exige fuego atento y brazos dispuestos. Compartirla en mesa larga enseña generosidad, y su calor permanece, acompañando la bajada mientras el sol se esconde detrás de picos encendidos.
Pan del día anterior, hierbas, queso o speck, unidos en bolas que se mecen en caldo claro. Nada se desperdicia, todo encuentra lugar. Cada cucharada devuelve fuerza, quizá también recuerdos de cocinas humildes. Un poco de cebollino y mantequilla dorada bastan para convertir la sencillez en celebración que perdura serenamente viva.
Strudel crujiente con manzana perfumada, torta de alforfón húmeda y un Kaiserschmarrn juguetón con azúcar glas dibujan sonrisas en mejillas rojas. El postre aquí no es capricho, es despedida cariñosa del refugio. Se comparte, se fotografía menos, se recuerda más, y quizá inspira prometer un regreso cuando florezca nuevamente el pasto valiente.